Un implante dental es una raíz artificial que se inserta en el hueso del maxilar o la mandíbula para sustituir la raíz de un diente ausente. Suele fabricarse en titanio por su biocompatibilidad y porque facilita la osteointegración: la unión estable entre hueso e implante. Una vez integrado, sirve como soporte para una corona, un puente o una prótesis completa.
Su ventaja principal es la estabilidad. El implante crea un pilar propio, evita apoyar la restauración en dientes vecinos y ayuda a conservar el hueso al transmitir fuerzas de masticación. La prótesis se diseña para integrarse con la encía, buscando un resultado natural y cómodo.
El proceso empieza con una exploración detallada y una prueba radiológica 3D tipo CBCT, que permite medir el hueso disponible, estudiar la anatomía y definir la posición idónea de cada implante. Con estos datos se planifica el tratamiento pensando en el resultado protésico final: no se trata solo de colocar el implante, sino de diseñar una restauración funcional, estética y fácil de mantener.
En esta fase se revisa la salud de las encías, la calidad ósea y hábitos que pueden condicionar la evolución (por ejemplo, el tabaco o el bruxismo). Cuando el caso lo requiere, se coordinan especialidades para decidir secuencias y tiempos: extracción, regeneración, colocación y prótesis.
Para afinar aún más, se puede registrar la boca con escáner intraoral 3D. Esta captura digital facilita prótesis con ajustes precisos y ayuda a conseguir un sellado correcto, algo esencial para que la restauración sea cómoda y sencilla de limpiar en casa.
La intervención suele realizarse con anestesia local, por lo que el procedimiento se planifica para ser indoloro. En personas con ansiedad intensa, puede contemplarse la sedación consciente, una técnica pensada para aumentar la relajación durante el tratamiento sin perder el control de la situación.
De forma resumida, el proceso habitual incluye:
Tras la cirugía puede aparecer inflamación durante varios días. Se pautan indicaciones para favorecer la recuperación: medicación prescrita, frío local en las primeras horas y evitar esfuerzo físico intenso. También conviene no fumar, ya que empeora la cicatrización y aumenta el riesgo de complicaciones.
Para que un implante funcione a largo plazo necesita un lecho óseo adecuado. Tras la pérdida dental el hueso puede reabsorberse y, en algunas personas, la cantidad o la calidad no es suficiente. En esos casos se recurre a la regeneración ósea: técnicas quirúrgicas que buscan recuperar volumen y crear condiciones idóneas para el anclaje.
Existen distintas opciones según la necesidad: injertos, regeneración guiada u otras estrategias de aumento. El objetivo es conseguir un hueso regenerado con características similares al propio. A menudo, tras una regeneración se espera alrededor de tres meses para que el tejido se estabilice antes de colocar el implante, aunque el calendario final se individualiza.
Cuando se indica este paso previo, la experiencia del cirujano y una técnica meticulosa son determinantes: permiten planificar mejor la posición, minimizar riesgos y construir una base estable para la prótesis futura.
Cuando el implante se ha integrado, llega la restauración definitiva. La prótesis se diseña para que encaje con precisión, respete la mordida y se integre estéticamente. Antes de finalizar, se realizan pruebas para confirmar el ajuste y la relación con los dientes antagonistas, corrigiendo contactos que puedan sobrecargar el conjunto.
En determinados casos, y siempre que el plan lo permita, puede colocarse un diente provisional el mismo día de la cirugía. Esta solución temporal aporta estética y te evita pasar por un hueco visible mientras transcurre la integración. Después, se sustituye por la corona definitiva, ajustando forma y color para que encaje con naturalidad.
Según el caso, la restauración puede ser una corona unitaria, un puente o una rehabilitación más amplia. En ocasiones se indica una prótesis atornillada, que facilita el mantenimiento clínico. Sea cual sea la opción, lo importante es que el diseño permita una higiene eficaz y un reparto de fuerzas equilibrado.
Los implantes son una alternativa de alta eficacia, pero requieren mantenimiento. Una higiene meticulosa, revisiones periódicas y seguimiento profesional reducen el riesgo de problemas como la periimplantitis, que puede causar pérdida de hueso alrededor del implante si no se detecta a tiempo. En casa suelen recomendarse cepillos interproximales, irrigador y una técnica de cepillado constante, además de limpiezas profesionales cuando corresponde.
También influyen factores como bruxismo, maloclusión y tabaquismo. Si hay apretamiento dental, puede aconsejarse una férula para proteger la prótesis; si existen hábitos perjudiciales, se plantean cambios y pautas realistas.
Con una buena planificación, materiales de primera gama y cuidados continuados, el tratamiento de implantes se convierte en una solución sólida para recuperar seguridad al hablar, eficiencia al masticar y una sonrisa equilibrada.
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